De pequeño mi madre siempre me decía que veía cosas donde no las había.
Vale que hacer marcas siempre ha sido un reto difícil, pero nadie me dijo que lo peor iba a venir cuando tenías que definirte a ti mismo a través del diseño. Yendo un poco hacía atrás recordé lo feliz que me hacían esas piezas de colores con las que podía construir cosas. Juntar un par de elementos y crear algo. En aquel momento no importaba si era bonito o feo. Lo que no sabía es que años después crear algo bonito me daría gustito. Bello, estético, atractivo. Ordenar, componer, dar color. Formar, pudiendo elegir de una infinidad de recursos, un universo desde cero.
Como diseñador me gusta pensar que parte de mi trabajo es traducir de lo abstracto a la “realidad”. ¡Como jugar con simples manchas! Manchas que a primera vista no parecen nada pero que cobran un significado si nos da por mirarlas detenidamente. Y de ahí saldrá una apreciación totalmente personal, como observar las nubes. Tendemos a ponerle un nombre para definir esa forma rara que vemos; o también a un simple “mira, parece un caballo vestido de flamena”. Y sí, yo siempre he sido uno de esos.